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De Nuestros Sacerdotes
Queridos Hermanos de EMM;
Por mi trabajo para Radio Vaticano, estoy muy en contacto con lo que
pasa en Roma. El domingo Pasado en la hermosa Misa de comienzo del
Sinodo de Obispos 2005, sobre la Eucaristía, el Papa Benedicto 16
pronunció una hermosísima homilía, simple sencilla, pero
profundísima, comentando los textos del domingo y aplicándolos al
Sínodo.
Como me perece excelente, fácil y profunda, quiero compartirla con
todos Uds.
Espero que les guste y les aproveche.
P. Luis , que los ama mucho.
Pbro. Luis Lombardi
Parroquia Exaltación de la S. Cruz
Gúemes 362 - 1870
Avellaneda - Buenos Aires
Argentina
Tel. 54.11.4204-0182
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lombardi_rocco@yahoo.com.ar
CIUDAD DEL
VATICANO, 2 de octubre de 2005
HOMILÍA
QUE PRONUNCIÓ BENEDICTO XVI EN LA MISA DE INAUGURACIÓN DEL SÍNODO DE
OBISPOS
del mundo sobre la Eucaristía
celebrada este domingo en la Basílica de San Pedro. (textos del
domingo 27 per annum/ a)
Concelebran
con el Papa los Padres Sinodales y collaboradores (55 Cardinales, 7
Patriarcas, 59 Arzobispos, 123 Obispos, 40 Presbiteros, 37 Ayudantes
y 4 Auditores).
Queridos
hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio, queridos hermanos y
hermanas:
Las lecturas de
este domingo, tomadas del profeta Isaías y del Evangelio, nos
presentan una de las grandes imágenes de la Sagrada Escritura: la
imagen de la viña.
El pan representa en la Sagrada Escritura todo lo
que el hombre necesita para su vida cotidiana.
El agua da a la tierra la fertilidad: es el don
fundamental, que hace posible la vida.
El vino, por el contrario, expresa la exquisitez de
la creación, nos da la fiesta en la que sobrepasamos los
límites de la vida cotidiana: el vino «alegra el corazón».
De este modo el vino y con él la vid se han convertido también en
imagen del don del amor, en el que podemos lograr una cierta
experiencia del sabor del Divino.
Por
eso, la lectura del profeta, que acabamos de escuchar,
comienza como un cántico de amor: Dios puso una viña, imagen de su
historia de amor con la humanidad, de su amor por Israel al que Él
eligió.
El primer pensamiento de las lecturas de hoy es éste:
Dios ha infundido en el hombre, creado a su imagen, la capacidad de
amar y, por tanto, la capacidad de amarle a Él mismo, su Creador.
Con
el cántico de amor del profeta Isaías, Dios quiere hablar al corazón
de su pueblo y también a cada uno de nosotros. «Te he creado a
mi imagen y semejanza», nos dice. «Yo mismo soy el amor y tú eres mi
imagen en la medida en la que brilla en ti el esplendor del amor, en
la medida en que me respondes con amor».
Dios nos espera. Él quiere que le amemos: un llamamiento
así, ¿no debería tocar nuestro corazón? Precisamente en esta hora,
en la que celebramos la Eucaristía, en la que inauguramos el Sínodo
sobre la Eucaristía, nos sale al encuentro, sale para encontrarse
conmigo. ¿Encontrará una respuesta? ¿O sucederá
con nosotros como con la viña, de la que Dios dice en Isaías:
«Esperó a que diese uvas, pero dio fruto agrio»?
Nuestra vida cristiana,
con frecuencia, ¿no es quizá más vinagre que vino? ¿Autocompasión,
conflicto, indiferencia?
De
este modo, hemos llegado al segundo pensamiento fundamental
de las lecturas de hoy.
Hablan ante todo de la bondad de la creación de Dios y de la
grandeza de la elección con la que él nos busca y nos ama.
Pero hablan también de la historia que sucedió después, el
fracaso del hombre. Dios había plantado vides escogidas y
sin embargo dieron frutos agrios. ¿Qué son los frutos agrios?
La uva buena que se espera Dios, dice el profeta,
habría consistido en la justicia y en la rectitud.
Los frutos agrios son por el contrario la violencia, el
derramamiento de sangre y la opresión, que hacen gemir a la gente
bajo el yugo de la injusticia.
En el Evangelio, la imagen cambia: la vid produce
uva buena, pero los viñadores arrendadores se quedan con ella.
No están dispuestos a entregarla al propietario. Golpean y matan a
sus mensajeros y matan a su Hijo.
Su motivación es sencilla: quieren convertirse en propietarios;
se apoderan de lo que no les pertenece.
En el Antiguo Testamento, ante todo aparece la acusación de
violación de la justicia social, el desprecio del hombre por parte
del hombre.
En el
fondo, sin embargo, se ve que con el desprecio de la Torá, del
derecho dado por Dios, se desprecia al mismo Dios; sólo se
quiere gozar del propio poder.
Este
aspecto es subrayado plenamente en la parábola de Jesús: los
arrendadores no quieren tener un patrón y estos arrendadores nos
sirven de espejo a nosotros, hombres, que usurpamos la creación que
se nos ha confiado en gestión.
Queremos ser los dueños en primera persona y solos. Queremos poseer
el mundo y nuestra misma vida de manera ilimitada. Dios nos
estorba o se hace de Él una simple frase devota o se le niega todo,
desterrándolo de la vida pública, hasta que de este modo deje de
tener significado alguno.
LA TOLERANCIA QUE SÓLO ADMITE A DIOS COMO OPINIÓN PRIVADA, PERO
QUE LE NIEGA EL DOMINIO PÚBLICO, LA REALIDAD DEL MUNDO Y DE NUESTRA
VIDA, NO ES TOLERANCIA, SINO HIPOCRESÍA.
Ahora
bien, allí donde el hombre se convierte en el único dueño del
mundo y en propietario de sí mismo no puede haber justicia.
Allí sólo puede dominar el arbitrio del poder y de los intereses.
Es
verdad, se puede expulsar al Hijo de la viña y matarlo para
disfrutar egoístamente de los frutos de la tierra. Pero
entonces la viña se transforma muy pronto en terreno sin cultivar,
pisado por los jabalíes, como dice el salmo responsorial
(Cf. Salmo 79, 14).
Llegamos así al tercer elemento de las lecturas de hoy.
El
Señor, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento,
anuncia el juicio a la viña infiel.
El juicio que Isaías preveía se ha realizado en las grandes
guerras y exilios impuestos por los asirios y los babilonios.
El juicio anunciado por el Señor Jesús se refiere sobre todo a la
destrucción de Jerusalén, en el año 70.
Pero la amenaza del juicio nos afecta también a nosotros, a la
Iglesia en Europa, a la Iglesia de Occidente en general.
Con
este Evangelio el Señor grita también a nuestros oídos las palabras
que dirigió en el Apocalipsis a la Iglesia de Éfeso: «Iré
donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero, si no te arrepientes»
(2, 5).
También se nos puede quitar a nosotros la luz, y haremos
bien en dejar resonar en nuestra alma esta advertencia con toda su
seriedad, gritando al mismo tiempo al Señor: «¡Ayúdanos a
convertirnos! ¡Danos la gracia de una auténtica renovación!
No permitas que se apague tu luz entre nosotros! ¡Refuerza nuestra
fe, nuestra esperanza y nuestro amor para que podamos dar buenos
frutos!».
Al
llegar aquí nos SURGE LA PREGUNTA: «PERO, ¿NO HAY UNA PROMESA,
UNA PALABRA DE CONSUELO EN LA LECTURA Y EN LA PÁGINA EVANGÉLICA DE
HOY? La amenaza, ¿es la última palabra?»
¡No! Hay una promesa y es la última palabra, la esencial.
La escuchamos en el versículo del aleluya, tomado del Evangelio
de Juan: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece
en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Juan 15, 5).
Con
estas palabras del Señor, Juan nos ilustra el último, el auténtico
final de la historia de la viña de Dios. Dios no fracasa. Al
final, triunfa, triunfa el amor.
Se da
ya una velada alusión a esto en la parábola de la viña propuesta por
el Evangelio de hoy y en sus palabras conclusivas. En ella, la
muerte del Hijo no es el final de la historia, aunque no la cuenta
directamente.
Pero Jesús expresa esta muerte a través de una nueva imagen
tomada del Salmo: «La piedra que los constructores desecharon, en
piedra angular se ha convertido…» (Mateo 21, 42; Salmo 117,
22). De la muerte del Hijo surge la vida, se forma un nuevo
edificio, una nueva viña.
En Caná, cambió el agua en vino, transformó su sangre en el vino
del verdadero amor y de este modo transforma el vino en su sangre.
En el cenáculo anticipó su muerte y la transformó en el don de sí
mismo, en un acto de amor radical. Su sangre es don, es amor y
por este motivo es el verdadero vino que se esperaba el
Creador.
De este modo, Cristo mismo se convirtió en la viña y esa viña da
siempre buen fruto: la presencia de su amor por nosotros, que es
indestructible.
Estas
palabras convergen al final en el misterio de la Eucaristía, en la
que el Señor nos da el pan de la vida y el vino de su amor y nos
invita a la fiesta del amor eterno.
Nosotros celebramos la Eucaristía con la conciencia de que su
precio fue la muerte del Hijo, el sacrificio de su vida, que
en ella queda presente.
Cada
vez que comemos de este pan y cada vez que bebemos de este cáliz,
anunciamos la muerte del Señor hasta que venga, dice san Pablo (Cf.
1 Corintios 11, 26).
Pero también sabemos que de esta muerte surge la vida, pues Jesús
la transformó en un gesto de oblación, en un acto de amor,
trasformándola profundamente: el amor ha vencido a la muerte.
En la
santa Eucaristía, desde la cruz nos atrae a todos hacia sí
(Juan 12, 32) y nos convierte en sarmientos de la vid, que
es Él mismo.
Si permanecemos unidos a Él, entonces daremos fruto también
nosotros, entonces ya no daremos el vinagre de la autosuficiencia,
del descontento de Dios y de su creación, sino el buen vino de la
alegría en Dios y del amor por el prójimo.
Pidamos al Señor que nos dé su gracia, para que en las tres
semanas del Sínodo que estamos comenzando NO SÓLO DIGAMOS COSAS
BELLAS SOBRE LA EUCARISTÍA, SINO QUE VIVAMOS DE SU FUERZA.
Pidamos este don por medio de María, queridos padres sinodales, a
quienes saludo con afecto, junto a las diferentes comunidades de las
que procedéis y que aquí representáis, para que siendo dóciles a la
acción del Espíritu Santo podamos ayudar al mundo a convertirse --en
Cristo y con Cristo-- en la vid fecunda de Dios.
AMÉN.
Benedicto XVI.
Gracias
al
P. Luis Lombardi
por su regalo a los lectores de eMatrimony.
10/12/05
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